Entendiendo el Trastorno de Estrés Postraumático con amor
A veces, la vida nos pone frente a tormentas que son demasiado fuertes para procesarlas en el momento. El Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) no es más que eso: el eco de un momento difícil que se quedó haciendo ruido en nuestro interior.
Es la forma en que nuestra mente, en su intento por protegernos, se mantiene en alerta máxima mucho después de que el peligro ha pasado. No es una señal de debilidad; es una respuesta profundamente humana ante situaciones que, simplemente, nos sobrepasaron.
Vivir en alerta constante
Vivir con TEPT es como tener un sistema de alarma que se activa sin previo aviso. De pronto, el pasado se siente presente. Aparecen imágenes, sonidos o pesadillas que nos hacen sentir que el peligro sigue aquí y ahora.
Esto puede volver el mundo un lugar extraño. Nos hace evitar ciertos lugares o nos deja una sensación de irritabilidad constante, incluso con las personas que más amamos. Pero hay que entender algo vital: estos síntomas son solo el lenguaje de nuestro sistema nervioso. Es su forma de decirnos que algo aún necesita ser escuchado y sanado.
El camino hacia la calma
Lo más luminoso de este proceso es saber que el cerebro tiene una capacidad asombrosa para encontrar la calma de nuevo. Sanar no significa borrar lo que pasó, sino aprender a integrarlo en nuestra historia para que deje de lastimar.
Con paciencia, el acompañamiento adecuado y pequeñas prácticas de autocuidado, es posible bajarle el volumen a ese eco del pasado. Reconocer que necesitamos ayuda es, quizás, el paso más valiente para volver a habitar el presente con plenitud.
Ejercicios de enraizamiento
Cuando el eco del trauma se vuelve demasiado ruidoso, necesitamos recordarle a nuestro cuerpo que hoy estamos a salvo. Estos ejercicios funcionan como un ancla para regresar al presente:
La técnica del 5-4-3-2-1: Es el método más efectivo para "aterrizar" los sentidos. Detente un momento y nombra, ya sea en voz alta o en tu mente:
5 cosas que puedas ver (el brillo de una ventana, una planta, tus propios zapatos).
4 cosas que puedas tocar (la textura de tu ropa, la suavidad de un cojín, el frío de una mesa).
3 cosas que puedas oír (el tráfico lejano, el zumbido del refrigerador, tu propia respiración).
2 cosas que puedas oler (el aroma del café, el olor a lluvia, o incluso el aroma de tu propia piel).
1 cosa que puedas saborear (el resto de tu última comida o simplemente la sensación de frescura en tu boca).
2. El abrazo de la mariposa: Cierra los ojos o mantén la mirada suave. Cruza tus manos sobre el pecho, de modo que la punta de los dedos de cada mano quede debajo de la clavícula opuesta.
Empieza a dar pequeños toques alternados (izquierda, derecha, izquierda...) de forma rítmica y lenta, como el aleteo de una mariposa.
Este movimiento bilateral ayuda a que ambos hemisferios del cerebro se sintonicen y calmen la respuesta de alerta.
3. El contacto con el suelo: Si sientes que el mundo empieza a girar, quítate los zapatos si puedes. Presiona tus pies firmemente contra el piso y concéntrate en esa presión. Siente cómo la tierra te sostiene. Di para ti mismo: "Mis pies están en el suelo. Estoy en mi habitación. Estoy a salvo".
Estos ejercicios no borran el recuerdo, pero sí ayudan a que el cuerpo entienda que la tormenta ya pasó.

