Cuando la bebida fría se termina, muchos encuentran placer en masticar los hielos, algo tan satisfactorio como la bebida misma. Ya sea por el calor, por costumbre o por esa extraña tentación de triturar los cubos que quedan en el vaso, masticar hielo es un hábito que muchas personas hacen sin darle mayor importancia.
Sin embargo, cuando este hábito se vuelve constante, obsesivo o diario, ¿le pasa algo malo al cuerpo si come hielo? La respuesta corta es sí. Detrás de ese inocente crunch hay dos frentes importantes que debemos atender: el daño físico directo a tus dientes y, de manera muy interesante, lo que tu cuerpo está intentando decirte a través de un trastorno con nombre propio.
Lo que el hielo le hace a tus dientes
Nuestros dientes son herramientas increíblemente resistentes, pero no están diseñados para triturar bloques sólidos congelados. El esmalte dental es la capa más dura del cuerpo humano, pero someterlo al choque térmico y a la presión extrema de masticar hielo tiene consecuencias inevitables a largo plazo.
La presión repetida puede crear microfracturas invisibles en los dientes que, con el tiempo, terminan convirtiéndose en astillamientos o fracturas completas. Asimismo, al erosionar el esmalte protector, las capas internas del diente quedan expuestas, haciendo que cualquier bebida fría o caliente se vuelva insoportablemente dolorosa. Si tienes amalgamas, resinas, coronas o brackets, masticar hielo también puede hacer que se aflojen o se rompan.
Cuando el cuerpo pide hielo (pagofagia)
Si masticar hielo se convierte en una necesidad irrefrenable, entramos en el terreno de la pagofagia. Este es el término médico para el consumo compulsivo de hielo o sustancias congeladas. Muy a menudo, la pagofagia está estrechamente ligada a la anemia por deficiencia de hierro.
Cuando el cuerpo carece de suficientes glóbulos sanos para transportar oxígeno de manera eficiente (a menudo por falta de hierro), el cerebro experimenta una sutil privación de oxígeno. Diversas investigaciones médicas sugieren que, en personas con anemia, masticar hielo provoca una respuesta refleja que desvía un flujo extra de sangre (y oxígeno) hacia el cerebro, generando una sensación temporal de mayor claridad mental o alivio del cansancio crónico.
Otras causas asociadas a este tipo de antojos pueden incluir deficiencias nutricionales específicas o, en algunos casos, el desarrollo de pica (un trastorno donde el cuerpo demanda comer elementos no nutritivos), algo que también suele manifestarse durante el embarazo.
¿Cuándo es momento de poner atención?
Disfrutar de un granizado o un frappé de vez en cuando es completamente inofensivo. Pero vale la pena encender una pequeña alerta personal si sientes una urgencia real o ansiedad por comer hielo todos los días o si al cansancio habitual de la rutina le sumas mareos, uñas quebradizas o palidez. También debes cuidar mucho la salud bucal, y alertarte si empiezas a resentir la sensibilidad.
Si el hábito de masticar hielo ya forma parte de tu día a día, una simple visita al médico general para un perfil de hierro en sangre, acompañada, por supuesto, de una revisión con tu dentista, puede ahorrarte sorpresas y devolverle la calma a tu organismo.

