Haz un viaje sin tomar ni una fotografía, ¿te atreves?

Emanuel Pérez / 2018-05-18

Los tiempos actuales nos acostumbran a que todas las experiencias deben ser documentadas, registradas, preservadas digitalmente, compartidas en redes sociales, presumidas, exhibidas, y luego, desechadas. Por poner un ejemplo, el ímpetu por tomar una fotografía de lo que se considera una experiencia relevante es tan grande que incluso se sobrepone a la emoción misma del momento que se vive.

 

Esto ha provocado que el mundo ya no se perciba a través de los ojos sino a través del lente de una cámara y, después, de la pantalla que proyecta la imagen. Esto no tendría por qué ser negativo, si no fuera porque se le otorga una nueva prioridad a este tipo de transmisión de experiencias visuales al por mayor. Poder documentar y compartir de forma tan simple e inmediata todo lo que sucede alrededor es una enorme ventaja, pero el problema aparece cuando resulta imposible desprenderse de esa tecnología que, más que apoyar, levanta una barrera entre el cuerpo y el mundo.

 

Uno de los ejemplos más tangibles de este fenómeno es la experiencia de un viaje. Cuando se viaja, las atracciones más importantes por desconocidas, distintas culturalmente y lejanas, suelen ser las arquitecturas y los paisajes, elementos que están ahí para ser contemplados en su majestuosidad. Por eso mismo, la cámara profesional o la del smartphone se vuelve la herramienta imprescindible para capturar el cuadro. Pero ¿para qué? Posiblemente para subirlo a una red social. Lo que sucede ahí es que, en el momento de sustituir la mirada directa por el enfoque a través de la pantalla, se corta de tajo la admiración real; la unión del objeto con la mirada, con el cuerpo sensible, la conexión que lleva a vivir el instante irrepetible.

 

El turista quiere abarcarlo todo; la propensión a la acumulación de la era digital ha instaurado jerarquías en cuanto a quién posee y exhibe más momentos atemporales. ¿Cuál es el resultado? Que la importancia se concentra más en el producto fotográfico y se desvía del verdadero hecho de haber estado frente a lo vivido en la experiencia fotografiada.

 

Después de reflexionar un poco, ¿qué te parecería planear tu siguiente viaje con el compromiso personal de no tomar ni una sola fotografía? El reto, de entrada, ya suena interesante y, sin duda, cambiará la manera en que experimentas y disfrutas de tu viaje. ¿Qué te parecería intentarlo?

 

Existen maneras excepcionales y creativas para conservar los recuerdos de tu viaje sin necesidad de la cámara: dibújalos o escríbelos en una libreta. La libreta que lleves al viaje se convertirá en tu bitácora, y en ella podrás registrar, a manera de escritura o bosquejo, los sucesos que quieras conservar para la posteridad. Será tu manera de tomar fotografías: tu mente registra el instante y tu mano lo plasma en figuras y letras en las hojas.

 

Esta dinámica estimulará tu creatividad y tu apreciación del mundo, lo que desembocará en que tu viaje sea más placentero por esas pequeñas texturas del detalle que descubrirás al momento de retratarlas. Si quieres una recomendación de libreta o bitácora puedes explorar el cuaderno de viajes Moleskine, conformado por 240 páginas de papel libre de ácidos y 202 stickers para personalizarlo durante tu viaje. Si te interesa adquirirlo, puedes encontrarlo en este link.

 

 

¿Te parece una buena idea? Nos encantará saber si decidiste tener esta experiencia y, de ser así, que compartas lo que viviste con toda nuestra comunidad lectora y viajera.

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