La dakini, la figura femenina de la iluminación en el budismo

Harmonía / 2017-09-09

El budismo, y en general la religión, en primera instancia no parecen ser muy abundantes en figuras femeninas en sus más altas cúpulas. Sin embargo, en el caso del budismo tántrico tibetano tenemos una importante presencia de la feminidad en su aspecto más sublime -la iluminación-, la cual encarna la dakini (khandro, en tibetano, literalmente "la que va por el cielo"). La enigmática figura de la dakini es venerada, deseada e incluso temida, formando una de las figuras más fascinantes y enigmáticas en el pensamiento místico-religioso.

 

En las tradiciones prebudistas de la India, la dakini estaba asociada con los cementerios, con la muerte y la transformación. Los campos crematorios en la India eran lugares donde convivían abiertamente la muerte y la vida; los cuerpos pudriéndose eran devorados por numerosos animales, continuando el ciclo de la existencia. Estos lugares fueron convirtiéndose en los favoritos de practicantes tántricos como Padmasambhava y Saraha, dos de los principales mahasiddhas de la tradición tántrica, los cuales recibieron importantes enseñanzas de dakinis. Padmasambhava, uno de los principales responsables de instalar el budismo en el Tíbet, a su vez, dejó enseñanzas a las dakinis, como a su propia consorte, Yeshe Tsogyal, una princesa que obtuvo la iluminación y que es venerada como la dakini de la sadiduría, arquetipo de todas las dakinis.

En líneas generales se considera que las dakinis son "principios femeninos de la sabiduría que se manifiestan en forma femenina para ayudar a los seres", como explicó el maestro Chadud Tulku. La forma en la que ayudan a los seres humanos trasciende nuestras ideas del comportamiento apropiado, ya que para las dakinis las buenas costumbres sociales son lo de menos: de lo que se trata es de asistir para alcanzar la iluminación o despertar. Es por esto que muchas veces se manifiestan en sus formas airadas o iracundas, respondiendo a la necesidad de destruir los obstáculos de la mente. Su naturaleza es justamente la espontaneidad radiante. 

 

La académica y practicante budista Judith Simmer Brown, en su libro Dakini's Warm Breath, hace énfasis en que la dakini es una figura compleja, de múltiples entendimientos, pero entre ellos hay que mencionar que "la dakini simboliza el nivel de realización personal, el aspecto sagrado del cuerpo... la dimensión visionaria de la práctica y las cualidades vacías y espacios de la mente en sí misma". 

 

Algunos de los primeros traductores compararon a la dakini con las hadas, y algo de ello hay, pero también se puede cotejar con las musas y las ninfas. Los practicantes espirituales, hombres y mujeres, esperan su visita para avanzar en su práctica y recibir visiones. Las dakinis también están asociadas a la protección y decodificación de ciertos textos secretos conocidos como tërmas, siendo ellas mismas depositarias del gran legado de Guru Rinpoche, el Segundo Buda (según los practicantes tántricos del Tibet).

 

La dakini es la unidad de la vacuidad y la dicha o de la vacuidad y la luminosiad. Actúa de manera completamente espontánea, habiendo detenido su propia mente y habiéndose liberado del pensamiento discursivo, conceptual. Es la pura irradiación gnóstica del espacio. El juego de la manifestación divina. Aunque existen ciertas características para identificar a una dakini de sabiduría (como su tercer ojo), se dice que la mujeres en realidad son dakinis -budas en potencia- y en el tantra son veneradas como lo más sagrado, siendo la manifestación prístina de la sabiduría, que es igual a la vacuidad.

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